La violencia contra las mujeres, en la forma letal en la que la estamos presenciando en nuestros días, además de las innumerables violaciones que se producen a diario, es un síntoma dramático y revelador de nuestra sociedad. Esta situación excede la mera desigualdad entre hombres y mujeres, inherente a las sociedades patriarcales y pone de manifiesto la manera en que los hombres obedecen al mandato de masculinidad (que es un mandato de potencia) y ponen a prueban su poder mediante el ejercicio de la violencia sobre el cuerpo de las mujeres. Porque el interés del violador y del maltratador es el ejercicio del poder y la exhibición de ese poder frente a otros hombres, para hacerse valer, de esta forma, frente a ellos como un “verdadero hombre”.

En consecuencia, el contexto actual es particularmente hostil para las mujeres, pues vivimos un momento de especial inseguridad y vulnerabilidad. Ahora bien, sin un cambio en estas relaciones de poder desigual entre hombres y mujeres en las que se fundamenta nuestra sociedad, el problema no va a desaparecer.

El pasado viernes 17 de noviembre se convocó una concentración feminista frente a la Audiencia Provincial pidiendo justicia en el proceso de Pamplona a cinco hombres -autodenominados “la manada”- por la violación múltiple a una mujer. La movilización, convocada en distintas ciudades del Estado, nos recordaba que las mujeres no vamos a agachar la cabeza ante el machismo judicial ni mediático, que somos fuertes, que la razón está con nosotras, y que la sociedad debe posicionarse ante este rearme machista y ante el aumento de agresiones masculinas a mujeres y niñas y niños.

Recriminar a una mujer que después de una violación intente llevar una vida normal es una manera de culpabilizarla y de rebajar la responsabilidad de los violadores. Que un detective siga a la víctima de una violación colectiva en su vida diaria posterior al suceso, demuestra que las víctimas, además de haber sido violadas, tienen que aparentarlo. Distintos medios de comunicación han cuestionado la versión de la víctima y puesto en duda su sufrimiento, aludiendo al desarrollo de su vida de forma normalizada. Es muy grave que estos cuestionamientos se den a menudo, tanto desde los medios como desde la judicatura (el año pasado una jueza preguntó a una denunciante de violación si había cerrado bien las piernas).

¿Por qué en las agresiones machistas se duda de las mujeres agredidas?  ¿Por qué no se pone el foco en los agresores? Nadie cuestiona a las víctimas de atracos o a quienes intentar rehacer su vida después de accidentes, atentados o guerras. Son víctimas. Este juicio nos afecta especialmente como sociedad, porque está en juego la respuesta que el Estado va a dar a una agresión especialmente brutal. Su tratamiento, su castigo y la reparación de la víctima nos incumbe colectivamente, porque es fundamental que podamos romper con la impunidad de esos agresores, y de todos los agresores en general, y que no haya ningún espacio que legitime sus actuaciones.

Las mujeres padecemos violencia institucional. El juicio a esta “manada” se celebra en la Audiencia Provincial de Pamplona hasta el 24 de noviembre, al no aplicarse la Ley de Violencia de Género –que obliga a que el proceso se celebre en el juzgado más cercano a la víctima, entre otras acciones de cuidado hacia esta–. Esta Ley, de 2004, tiene una grave carencia: no incluye la violencia ejercida fuera del ámbito de la pareja o familiar.

Y es que las mujeres sufrimos la violencia machista de forma cotidiana: nos invisibilizan y, en consecuencia, de lo que no se habla, no existe; el lenguaje no nos incluye, siendo el ejemplo más claro de construcción androcéntrica de la realidad; el humor sexista que legitima la desigualdad sin que sea cuestionado; la brecha salarial que se sustenta en la infravaloración de nuestro trabajo, asalariado y de cuidados, y forma parte de la feminización de la pobreza; se pretende mercantilizar nuestra capacidad reproductiva aumentando la cosificación de la mujer; se nos acosa en el espacio público y se nos responsabiliza de que suceda…

Pero a pesar de estar rodeadas de violencia, las mujeres hemos sido capaces de crear redes y de confrontar dicha violencia. Porque juntas somos más fuertes, porque con consciencia no tenemos miedo, porque sabemos que sólo acabando con el patriarcado podremos construir una sociedad igualitaria, una sociedad feminista.

Vivimos en una cultura de la violación. Tres mujeres denuncian cada día una agresión sexual. Por desgracia, esto es sólo la punta del iceberg del machismo, los casos más graves en una sociedad donde el acoso sexual y callejero están muy extendidos, una sociedad que pretende culpabilizar a las mujeres por ocupar la calle, la noche o las fiestas, que pretende que las agresiones se sufran en silencio y con miedo. Un sistema que pretende disciplinar a las mujeres por medio del terror y la violencia. En estos momentos contabilizamos 90 feminicidios en España en 2017, el último el de una niña de 2 años en Alzira.

El contexto es el de un Pacto de Estado contra la Violencia de Género que simplemente es un bluf. Sin garantías económicas, temporales ni legislativas para ser ejecutado, sin políticas de igualdad preventivas, sin participación de los colectivos feministas y sin un enfoque integral feminista que supere la Ley de 2004, que considere violencias machistas a las violencias ejercidas fuera del ámbito de la pareja o ex pareja. La sociedad española ya sabe que la violencia ejercida por un jefe, un padre, un amigo o un desconocido es violencia machista, pero la Ley aún no. Necesitamos un Pacto de Estado que garantice de verdad la prevención de las violencias y que atienda a la recuperación de las víctimas en cualquier contexto. Que haga prevalecer el interés de los y las menores ante los padres maltratadores, y que restrinja la custodia compartida a los casos de mutuo acuerdo. Un Pacto de Estado que impulse una nueva ley que ponga el foco en la causa común y estructural del machismo: las desiguales relaciones de poder entre hombres y mujeres. El patriarcado.

Y es que en este sistema patriarcal cualquier persona que pretenda romper los mandatos de género o reclamar una igualdad real y no sólo formal, sentirá la violencia machista como mecanismo para evitar que nada cambie.

A pesar del inmovilismo institucional, las mujeres están denunciando públicamente de forma masiva las agresiones, violaciones, etc. que han soportado. Consigamos que la vergüenza y la culpa cambien de bando, que recaigan en el agresor, y no en la víctima. Exijamos el derecho a la verdad, la justicia y la reparación de todas las víctimas de violencias machistas.

Por eso, este 25 de noviembre el feminismo zaragozano tenemos una cita en la calle para mostrar todo nuestro rechazo a las violencias machistas: a las 18 horas, manifestación desde Plaza La Seo y a las 20 horas, concentración en Plaza España.

¡No faltes!